5: PRELIMINARES DEL TORNEO DEL DIOS DE LA GUERRA: LA CEREMONIA DE INAUGURACIÓN.
La primera etapa del Torneo del Dios de la Guerra estaba progresando sin problemas, y con eficiencia enana.
A cada equipo participante se le asignaba un número, y sus guerreros se batirían en duelo con quien también tuviera ese número. El ganador de la primera ronda pasaría a la siguiente. Su configuración básica del torneo.
Cada contendiente se enfrentaría a dos combates por día, y esto continuaría hasta que sólo quedara una persona en pie como vencedor. Podrían inscribirse nuevos concursantes hasta que se decidieran los primeros sesentacuatro. Y en algunos casos, el número de concursantes seguiría y el torneo podía durar meses.
El festival de este año ya había batido el récord de participantes. Y así, el festival seguía su curso, día tras día tras día.
«¡Ganador, número 566!»
Bash lo había hecho bien durante los preliminares. En cinco días de lucha, había ganado sus diez combates. Ninguna de las batallas habían sido particularmente agotadoras, pero lo hicieron sudar a montones aquí y allá.
Y eso se debía a las reglas del Torneo del Dios de la Guerra.
El torneo tenía dos condiciones bajo las cuales un combate podía ser decidido. La primera condición que terminaría automáticamente un combate era la pérdida de conciencia -o la muerte- de cualquiera de los participantes. La segunda condición era que se rompíera el equipamento de cualquiera de los participantes.
En otras palabras, si la armadura que llevaban o el arma que empuñaban se dañaba tanto que quedaba inutilizable contaría como descalificación instantánea.
El equipamento que fabricaba Primera era propenso a romperse. Ah, pero tal vez no podamos descartarla tan fácilmente. La armadura de placas que había hecho era resistente, un buen complemento para el físico de Bash. Y su espada era como un trozo de hierro en bruto. Claramente, era más duradera.
De los dos, la placa de metal era más resistente. En cinco días de lucha, no había recibido ni un solo rasguño. Pero la espada era un asunto completamente diferente. Después de uno o dos combates, terminaba doblada o torcida.
Hasta ahora, cada una de las peleas preliminares de Bash habían terminado con un solo golpe, pero si se produjera un combate prolongado, había una alta probabilidad de que Bash terminara perdiendo a causa de una espada inutilizable.
«…»
Bash miró a su alrededor, sosteniendo su espada. Ya no cabía en su vaina.
En el campo de batalla, otro combate estaba en marcha. El público era escaso. La mayoría de los enanos que vivían en la Fosa de Dobanga participarían en el torneo como guerreros o fabricaban armaduras para ello. Rara vez iban al coliseo, excepto cuando su número era llamado.
Los espectadores eran turistas y otros luchadores que ya habían perdido. Los luchadores que habían triunfado permanecían en el suelo de la arena, rugiendo y y blandiendo sus armas, como si quisieran presumir. Gritando a pleno pulmón, asegurándose de que todos a su alrededor se enteraran de su destreza en la batalla.
Incluso en la sociedad orca, dar una vuelta de victoria después de la batalla se consideraba parte del atractivo de ganar. Pero sólo cuando el oponente de uno había sido algo así como un igual
Alardear de la victoria sobre un oponente débil… Tal cosa se consideraría una vulgaridad. Eso era parte del código no escrito de los orcos. En consecuencia, Bash no tenía intención de regodearse en las victorias que había logrado hasta ahora.
Además, su objetivo al participar en este torneo no había sido ganar la gloria.Quería ganar y conseguir una esposa. No haría más de lo necesario para lograrlo.
Aún así, Bash levantó el brazo con su espada.
Primera estaba sentada en las gradas. Pero no era una forma de jactarse de su victoria. Primera había insistido en que le mostrara el estado de su equipamento después de cada batalla.
Al ver la espada retorcida, rechinó los dientes de angustia. El resultado deseado se les había escapado de nuevo esta vez.
Bueno, claro que se les había escapado. Una vez más, la maldita espada que había forjado se había torcido. Sin embargo, Bash había luchado las dos batallas requeridas para ese día, por lo que dejó la arena y regresó a la zona de bastidores.
«¡Entonces dije, ¡quítame tus sucias manos de encima, si no quieres que te mande a volar por los aires! Pero me enfrentaba a cinco ogros gigantes. Puedo ser fuerte, ¡pero me rompería un hueso tratando de volarlos a todos! Acabaría rompiéndome ambos brazos. Aún así, tenía que intentarlo, por el orgullo de la raza de las hadas. Pero justo uno de los ogros salió volando. ¿Quién de aquí ha visto alguna vez a un ogro volar por los aires? Pues yo sí. Y también vi quién lo lanzó. ¡Así es! Fue ese hombre de ahí. Mi jefe, al que respeto más que a nadie en el mundo mundial ¡el mismísimo Bash!»
«¡Vaya!»
Bash entró en la zona de bastidores para encontrarse a Zell fanfarroneando de nuevo.
«¡Ajá! ¡Y aquí está, el jefe en persona! Bienvenido, jefe. ¿Cómo te fue en el combate? Ah, ¡pero si ni siquiera hace falta que me lo digas! Al fin y al cabo, estamos hablando del jefe. Aplastaste a tu enemigo como a un insecto y has vuelto victorioso, ¡por supuesto! ¡Buen trabajo, jefe! ¡Ah, he traído algo de beber! ¡Toma una, toma una! ¿Y qué tal un masaje en los hombros?»
«Hmm.»
Bash miró hacia el asiento que había ocupado hasta que su número había sido llamado. Había un cojín suave allí, y la mesa estaba llena con bebidas. Bash se sentó como le habían sugerido, recogió una bebida y se la tomó todacon un ruido muy fuerte.
Zell se acercó a sus hombros y empezó a apretar. Al parecer, ésa era la idea que tenía el hada de un masaje en los hombros. Pero incluso con Zell apoyando todo su peso de hada sobre él, los hombros de Bash eran demasiado carnosos para sentir ningún beneficio.
Sin embargo, el polvo de hadas que caía del cuerpo de Zell sobre los hombros de Bash ayudaba a aliviar un poco el dolor.
«¿Disculpe, Sr. Bash?»
Era uno de los guerreros que había estado escuchando la fanfarronada de Zell. Un hombre solitario, vestido con una armadura de metal y una espada. No había nada que lo distinguiera de cualquiera de los otros hombres en el entre bastidores.
Lo único que destacaba era su rostro reptiliano. Era un hombre lagarto.
«…¿Qué pasa?»
«¡Es un honor conocerle! ¡Soy Tydonile, un guerrero de la Tribu lagarto del Río Pyles!»
«Ah.»
No podía reconoer la cara del lagarto ni su nombre. Basándose en la complexión y el comportamiento del lagarto, Bash dudaba de que hubiese prestado mucho servicio militar…
«¿Nos conocemos?»
Sin embargo, Bash pensó que era mejor ser cortés, en caso de que en realidad fuese alguien que conocía. Tydonile asintió, claramente complacido.
«¡Claro que sí! Yo era muy pequeño entonces. Me salvaste la vida en la batalla del Río Pyles».
«La batalla del río Pyles, ¿eh? La recuerdo bien».
La batalla del río Pyles fué otra batalla que se había quedado en la mente de Bash después de la guerra. Había comenzado cuando las tácticas empleadas por las fuerzas elfas llevaron a que una compañía de súcubos quedara aislada de sus compañeros.
Las fuerzas elfas habían estrechado el cerco sobre los súcubos, cooperando con los enanos en lo que sería un ataque devastador. Naturalmente, la compañía de súcubos intentó retirarse. Pero por una cierta razón, terminaron manteniéndose firmes en su lugar.
No habían tenido otra opción. Porque mientras huían, se habían topado con una sola aldea. Un pueblo de hombres lagarto.
La pequeña aldea, que consistía en chozas construidas a lo largo de las orillas del río, todavía estaba poblada por los civiles que se habían quedado atrás. La compañía de súcubos no era capaz de dar la espalda a la aldea civil, por lo que se detuvieron aquí.
Cuando Bash recibió la petición de ayuda y llegó a la aldea, la compañía de súcubos estaba casi aniquilada, y el pueblo era una ruina humeante. La mitad de las súcubos yacían empapadas en sangre, y los lagartos civiles estaban completamente sometidos, con collares alrededor de sus cuellos, a punto de de ser llevados.
Entonces Bash llegó al lugar y se abalanzó sobre las fuerzas enemigas, salvando lo que quedaba de la compañía súcubo y rescatando a los prisioneros de guerra. Él recordaba que había pequeños niños lagarto entre los prisioneros rodeados.
Este hombre debía ser uno de ellos.
«Sí. Si no fuera porque usted apareció cuando lo hizo, Sr. Bash, entonces… estoy seguro de que ahora sería un prisionero enano, obligado a luchar en esta arena… Si hubiera sobrevivido tanto tiempo, claro».
«Correcto.»
La batalla quedó grabada en la memoria de Bash. Firmemente grabada. Ah, sí, la piel desnuda y los pechos en movimiento de los guerreras súcubos.
«Así que de todos modos, he oído que un guerrero orco eminente estaba aquí, y yo estaba preguntándome quién podría ser cuando me enteré de que tenía un hada con él. Yo estaba como, ¡tiene que ser el Héroe Orco Bash! ¡Iba finalmente a poder conocer a mi salvador!»
Justo entonces, una voz sonó, llamando: «¡Siguiente, número 409!»
«Oh, ese soy yo,» dijo Tydonile, levantando su mano y comenzando a trotar hacia la entrada de la arena. Sin embargo, se detuvo a un paso y se volteó hacia Bash.»Me preguntaba si podría estrecharte la mano.
«Claro.
«¡Vaya! ¡Qué mano tan grande! Y tan poderosa… ¡Voy a dar lo mejor de mí para ser un gran guerrero como tú».
Y con eso, Tydonile se dio la vuelta y se apresuró hacia la arena comoun resorte en su paso.
«Parece una joven promesa emprendiendo un viaje de autorrealización, ¿eh? Quiere ser como el jefe, ¿verdad? Un joven con buen gusto». Zell asintió junto a Bash, con su cara de hada llena de satisfacción. «Entonces, ¿qué es lo siguiente, jefe? Ya has hecho tus dos peleas, pero ¿qué tal una más?»
«No con esta arma. Voy a dejarlo por hoy…»
Pero antes de que Bash pudiera terminar de hablar se encontró rodeado por un grupo de hombres musculosos. Todos ellos tenían los labios apretados y los ojos severos. Aquí había un humano, luego había un piel de bestia, y un enano, todos tipos rudos y con cicatrices de batalla.
«¿Qué quieren?»
Bash tenía motivos para sospechar que habían venido a buscar pelea.Se había enfrentado a una situación así muchas veces desde que llegado a la Fosa de Dobanga. Le ocurría cada vez que iba a una taberna. Se se le acercaban enanos de aspecto rudo, gritándole todo tipo de improperios, desde «¡Quita las manos de encima a cualquier cosa con falda» antes de huir de repente.
Nadie se atrevió a intentar asestar un golpe. En su lugar, se limitaron a lanzar insultos contra él antes de huir. Una vergüenza para los guerreros de todo el mundo. Incluso un tipo de cabeza fría como Bash estaba empezando a sentirse frustrado con la situación. Pero esta era la zona de bastidores de la arena. La lucha entre participantes estaba estrictamente prohibido.
Tendrían que llevar esto afuera, y…
«Uh… ¡Por favor, dame la mano también!»
«¿Es cierto que derribaste a un dragón en la batalla decisiva en la Meseta Remium? ¡¿Por favor, podrías contarnos la historia?!»
«¿Podrías sostener esta espada que forjé? ¿Sólo un segundo? Y si y si es posible, ¿podrías decirme qué piensas de ella?»
Los hombres clamaban a su alrededor, hablando de esto y aquello.
«¡Muy bien, cálmense! ¡Formen una fila ordenada! El jefe no tiene todo el día, ¿saben?»
La voz alta y clara de Zell sonó, y el variopinto grupo de hombres, que normalmente preferirían luchar por el primer puesto, simplemente se alinearon. Sí, se alinearon muy bien, en dos filas ordenadas.
Mientras tanto, Primera esperaba a Bash en la entrada de la arena, con la espalda apoyada en un poste, los brazos cruzados, inquieta con fastidio, y escuchando atentamente lo que la gente que salía de la arena decía.
«¿Qué piensas del número 566… el orco?»
«Asombroso».
«Hay una gran diferencia entre su número y el nuestro… pero ¿qué haremos si nos enfrentamos a él en la final?»
«Me retiraría del torneo… No tendríamos ninguna oportunidad.»
«Pero piénsalo seriamente. Si ganaras contra él, ¡tu nombre entraría en los libros de historia!»
«…Hmm, en ese caso… probablemente iría a por su armadura. Se dice que Bash podría enfrentarse a diez ogros sin siquiera sudar. Pero su armadura parece mediocre. Y su espada parece terminar doblándose en cada combate suyo. Si yo fuera por la armadura, podría tener una oportunidad contra él».
«Cierto. Debemos mostrar a todos que el Torneo del Dios de la Guerra no se trata sólo de matarse unos a otros, ¿sabes?»
¿La armadura de Bash era mediocre? Oír eso hizo que Primera se enfadara más que nunca.
En los últimos días, había quedado claro para Primera que Bash no era un guerrero ordinario. Él lo había resaltado a través de diez combates preliminares sin siquiera esforzarse mucho. Entre los oponentes, muchos parecían conocer a Bash. En cualquier caso, todos parecían decididos a luchar a muerte contra él.
Pero algunos de ellos se pusieron a llorar justo antes de sus combates contra él, mojando sus pantalones de terror. Los favoritos para ganar la competencia se presentaban para observar los combates de Bash, y cada vez que Bash salía a la arena, la multitud parecía ser mayor.
Incluso hoy, cuando las gradas estaban casi vacías, había una multitud de tamaño moderado aquí para ver, a pesar de que todavía eran las preliminares.
«Pensé que era sólo un rumor, pero parece ser cierto».
«Está a otro nivel, eso es seguro. ¿Viste su cara después de ganar? Salió del estadio como si nada».
«¡Me dio escalofríos!»
Los espectadores que regresaban alababan a Bash mientras se marchaban. Pero al mismo tiempo…
«Sin embargo, su equipamento no estaba a la altura.»
«Sí, ¿viste su espada? Hoy se ha vuelto a estropear».
«No va a llegar a la final así.»
«Sí, es sólo cuestión de tiempo hasta que sea eliminado de la competición…»
Todos estaban menospreciando el armamento de Primera.
Si tan sólo el grandulón pudiera manejar mi equipo con más delicadeza…
Primera volvió a rechinar los dientes.
Aparentemente, Bash era un guerrero famoso. Durante la guerra, había dejado claramente su huella. Bueno, en ese caso, ella deseaba que él blandiera sus armas con una menor intensidad.
Blandía su espada como si fuera un garrote. Una espada debería usarse para cortar al oponente limpiamente con la hoja para causar el máximo daño. No se debe levantar y blandir sin cuidado. No es de extrañar que la hoja terminara doblándose y deformándose.
Hasta Primera lo entendía. Golpea a tu oponente con el lado afilado de la hoja. ¿Bash no podía entender ni siquiera eso? Vaya guerrero famoso.
«Gracias por esperar.»
Al oír la voz, Primera levantó la cabeza. Allí estaba Bash, con su habitual expresión de cabeza hueca. Sosteniendo su espada, doblada y deformada más allá del reconocimiento. Ella lo había visto desde las gradas, pero de cerca, era un verdadero desastre.
«¡Dame eso!»
Primera le arrebató la espada y examinó la parte doblada. Luego volvió a rechinar los dientes. La hoja estaba completamente torcida.
Otra vez.
Y la forma en que estaba doblada… no de lado, sino hacia arriba. No se había roto, sólo estaba doblada. ¿Qué había estado haciendo para desfigurar así la espada? Primera no podía imaginarlo. Simplemente no podía imaginarlo. Había probado todo tipo de métodos para evitar que el metal se deformara.
Pero fue inútil. Y ahora se había quedado sin ideas. Por eso estalló contra Bash.
«¡Idiota! Lo has vuelto a hacer. ¿Cuántas veces tengo que decirte que cortes con el lado afilado?»
«Pensé que lo había hecho.»
«¡¿Qué?! Claramente no lo hiciste!»
Bash parecía profundamente arrepentido. Al ver esto, Primera retrocedió.
Al principio, ella pensó que estaría bien con cualquier guerrero en absoluto. Pensando que incluso un debilucho podría ganar si se ponían su increíble armadura. Así que no era justo por su parte culpar a la falta de habilidad de su guerrero.
Sin embargo, no podía evitar sentirse molesta. Después de todo, le faltaba mucho más de lo que ella pensaba.
«¡Me voy a casa! Ya casi es hora de que empiecen las finales, pero ahora tengo que ir a forjar una nueva espada».
Primera se puso en marcha y Bash la siguió nervioso. El hada revoloteó cerca de su oído, murmurando. Primera no oía lo que decía el hada, pero estaba segura de que la criticaba.
«¡Pah!», espetó, incapaz de ocultar su enfado.
Tres días más tarde, las finales del Torneo del Dios de la Guerra comenzaron con una ceremonia de apertura. El evento estaba envuelto en una atmósfera extraña. La emoción del público era máxima. Las grada estaban abarrotadas, calentando son su furor a la Fosa de Dobanga, como un volcán activo.
Por el contrario, los guerreros alineados en la arena se mostraban estoicos y silenciosos.
Por lo general, los guerreros estarían agitando sus armas y gritando a la multitud mientras sólo escuchaban a medias los discursos de los organizadores enanos a cargo del evento. Otros estarían más callados. Temblando de miedo, pero al mismo tiempo con un deseo interior de probarse a sí mismos.
Seré yo quien gane todos los combates y salga vencedor.
Con ese sentimiento en el pecho, mirarían a sus oponentes con ojos astutos y desafiantes.
Pero este año era diferente.
Más de la mitad estaban en un estado de gran ansiedad. Permanecían en silencio, como ovejas temblorosas. Muchos tenían la cara pálida y temblaban tan fuerte que sus huesos crujían. Otros lloraban abiertamente.
Los demás permanecían inmóviles. Hinchaban el pecho y sonreían. Como si estuvieran orgullosos de estar allí. Como si se anunciaran honrados no sólo de estar aquí en la final, sino de compartir el mismo escenario con él. Algunos de ellos incluso lloraron lágrimas de profunda emoción.
Todos estaban concentrados en una cosa. El hombre que estaba al final de la fila.
Un orco solitario, con su piel verde estirada sobre un cuerpo musculoso.
El Torneo del Dios de la Guerra era una prueba de fuerza física. Muchas razas tenían representantes participando, pero los únicos que habían llegado tan lejos eran los que tenían una larga historia de éxito durante la guerra.
Y todos y cada uno de los representantes conocían su nombre.
Incluso si había uno entre ellos que no lo conocía, tendría que ser alguien que sólo se había distinguido en los tres años posteriores a la guerra. O eso o tendría que ser alguien que nunca se había encontrado con Bash en el campo de batalla.Ah, pero no. Habrían oído hablar de él de todos modos, por su reputación
El Guerrero Loco. El Aniquilador. El Toro Furioso. El Brazo de Acero. El Desastre Verde. El Decapitador de Dragones. La Pesadilla del Bosque Shiwanashi. Todos conocían al menos uno de sus apodos.
Incluso si no pudieran distinguir a un orco de otro, lo conocerían… Sabrían distinguir a Bash, el Héroe Orco…
La ceremonia de apertura continuó, en medio de un ambiente tenso, finalmente llegando a su conclusión. Todos los luchadores regresaron a la zona de bastidores, ninguno de ellos había rugido.
En la arena se respiraba un ambiente que nunca había existido otros años.
«Los luchadores han estado muy estoicos este año. ¿Han cambiado las reglas o algo?»
«¿Quieres decir que no lo sabes? Ese orco, de pie al final de la fila… Es un famoso guerrero que mató a cien mil hombres durante… la guerra, con una sola mano…»
«No digas tonterías. Es imposible que eso sea cierto.»
«¡Oye! Escuché algo diferente. La verdad sobre ese orco es…»
Los rumores volaban en todas direcciones.
Incluso los pocos elegidos que no sabían inicialmente de Bash escucharon los rumores y lucharon por creerlos al principio. ¿Por qué un hombre así habría venido aquí?
«Debe ser por lo que ha estado pasando…»
«Hmm, posiblemente. No hay forma de que los orcos se queden quietos ante eso».
«Pero ir tan lejos como para enviar al famoso Orco Heroico aquí… Los mercaderes han cruzado seriamente la línea.»
«Tengo la sensación de que el torneo de este año va a ser espantoso…»
Unos pocos parecían haberse dado cuenta de lo que ostensiblemente estaba pasando. Pero no había nada que hacer al respecto. Simplemente asintieron, con miradas de complicidad en sus rostros, y esperaron. ansiosos a que comenzara el primer combate.
Por supuesto, ninguno de ellos conocía la verdadera historia.
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